A veces creo que mi sistema circulatorio no transporta sangre, sino queroseno. Si reviso las estadísticas de mi teléfono, la aplicación que más batería consume no es Instagram ni WhatsApp, sino la de Aena. Me he convertido en un residente involuntario del Aeropuerto de Santiago-Rosalía de Castro, más conocido por todos nosotros como Lavacolla Santiago, hasta el punto de que el olor a café de máquina y el eco de los anuncios por megafonía me resultan más familiares que el silencio de mi propio salón.
Mi relación con Lavacolla ha pasado por todas las etapas: desde el romance de los primeros viajes hasta la rutina más absoluta. Conozco perfectamente qué baldosa cruje cerca de la puerta 4 y en qué punto exacto de la terminal la señal de Wi-Fi es lo suficientemente fuerte como para enviar un informe de última hora. Los trabajadores del control de seguridad ya no me miran con sospecha; hay un asentimiento de cabeza, un reconocimiento mudo entre náufragos de la puntualidad. Ya ni siquiera saco el cinturón o el portátil con dudas; mis movimientos son coreografías mecánicas, una danza de bandejas de plástico grises que ejecuto con la precisión de un reloj suizo.
El problema de usar demasiado el aeropuerto es que la noción de «distancia» se desdibuja. Para mí, Madrid está a un café y dos capítulos de un podcast; Londres es simplemente un cambio de puerta de embarque. He visto amanecer sobre las nubes tantas veces este mes que el sol gallego, ese que lucha por salir entre la bruma de la terminal, me parece un viejo conocido al que visito solo de paso. Lavacolla es mi limbo particular: un lugar donde siempre estoy a punto de irme o a punto de llegar, pero nunca del todo presente.
Incluso la arquitectura de la terminal, con su diseño moderno y sus techos altos, ha dejado de impresionarme para convertirse en el pasillo de mi casa. A veces, mientras espero el desembarque, me sorprendo pensando que debería haber dejado las llaves en el mostrador de información, por si acaso. Me he vuelto un experto en predecir retrasos solo mirando el color del cielo sobre el Monte do Gozo y sé exactamente cuánto tiempo tardaré en llegar al parking antes de que la lluvia empiece a arreciar.
Uso tanto Lavacolla que mi hogar ya no tiene paredes de ladrillo, sino puertas de embarque. Y aunque el aeropuerto sea eficiente y cómodo, hay una melancolía extraña en sentirse tan cómodo en un lugar que está diseñado, precisamente, para que nadie se quede.