Después de recorrer la geografía galaica durante años cubriendo bodas, comuniones, presentaciones de productos y fiestas populares, he visto de todo: chubascos sorpresa en pleno verano, orquestas con moquillo y tartas nupciales flotando como auténticos barcos vikingos. En medio de tanto caos meteorológico, las carpas A Coruña se han convertido en ese aliado secreto que transforma cualquier “por si acaso llueve” en una extravagante gala a la intemperie. Porque vamos a reconocerlo: confiar en el clima gallego es de ilusos, y organizar una reunión sin contar con un plan B cubierto es deporte de alto riesgo.
Hablemos claro. El universo de las carpas merece algo más que un simple vistazo al catálogo. La variedad es tan amplia como las variaciones del pulpo a feira: desde aquellas sobrias de líneas transparentes tipo invernadero que parecen diseñadas para un desfile de París, hasta las robustas de lona preparada para el vendaval que haría temblar a un faro en Cabo Vilán. Las hay coquetas, con ventanales que parecen salidas de una película de Jane Austen; glamourosas, capaces de reemplazar a cualquier salón de banquetes sin perder ni un ápice de sofisticación; y también las guerreras, esas que sobreviven a la combinación de humedad, viento y chaparrones que pueden barrer un tímpano.
La magia de elegir bien empieza por tener claro el tamaño del embrollo. Sí, porque aunque suene evidente, hay quien imagina que los invitados pueden apretujarse como sardinas mientras el pinche de cocina grita “agua va” y el DJ corre a desenchufar la mesa de mezclas cada vez que truena. Aquí entra ese impresionante despliegue que ofrecen las empresas especializadas: estructuras modulares que se adaptan como la mejor bota ortopédica, cubriendo desde una merienda íntima de 20 comensales hasta un festival de cientos de almas con ganas de hacer la conga. Y si el miedo es que todo acabe siendo un improvisado polideportivo, conviene pasear por un montaje profesional y dejarse seducir por la elegancia de una iluminación cálida, un suelo estable y la promesa de que las plantas no acabarán siendo arrasadas por tacones imposibles.
Lo bueno de estas instalaciones no termina en la promesa de sequedad y resguardo. Imagina que uno de tus invitados tiene alergia a las abejas, o la abuela teme que el resol de junio la deje con el peinado como un croissant chamuscado. Aquí no hay problema: puedes pedir desde cerramientos con cortinas hasta sistemas de climatización (el aire acondicionado y la calefacción no son caprichos, son auténticas salvavidas locales en esta esquina del Atlántico). Además, se pueden personalizar con suelos de madera para bailar el vals sin resbalar, detalles decorativos para ambientaciones temáticas –de verbena rural a coctel sofisticado– y hasta mobiliario chill out donde los cuñados puedan hablar de fútbol sin molestar a los románticos de la zona VIP.
Claro que, como buen evento, hay factores clave a vigilar. No es cuestión de plantar la carpa en plena ruzafa sin tener en cuenta una buena fijación al suelo. El secreto está en confiar en expertos que conocen los misterios del clima local y no improvisar con la ayuda de Pepe, el cuñado manitas (el mismo que colgó la lámpara de casa y provocó un apagón en el barrio). Es fundamental hablar bien claro del montaje y desmontaje, del acceso para vehículos de catering y, por si acaso, de la existencia de planes de evacuación cuando la naturaleza decide ponerse creativa.
Francamente, la diferencia entre un recuerdo inolvidable y un drama acuático casi siempre está en los detalles. Por experiencia, nada iguala la sensación de ver el sol filtrándose entre lonas blancas mientras los invitados descorchan la primera botella, sabiendo que si las nubes se vuelven caprichosas, hay margen para seguir la fiesta. Es casi como tener un asistente personal que protege el evento y añade un toque de magia: una boda campestre puede transformarse en un cuento de hadas, un cumpleaños infantil en un parque acuático sin riesgo de resfriados, y una feria gastronómica en el mejor mercado cubierto.
Si te fijas bien, detrás de cada reunión de éxito en la ciudad —y allí donde se pierde la vista en los prados gallegos— hay un pequeño ejército de profesionales que, con la precisión de un relojero suizo, han convertido cualquier celebración en una experiencia a salvo de imprevistos. La próxima vez que un compromiso social surja, vale la pena considerar a estos héroes silenciosos. Porque al final, se trata de disfrutar, de saborear el momento… y de dejar que el tiempo, por una vez, no interrumpa la fiesta.